El espiritu de la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu

Recapitulando un poco sobre los origines de la escuela Katori en Francia y mi propia trayectoria en ésta, fue en 1964 cuando empecé la práctica del Katori Shinto Ryu con Sensei Hiroo Mochizuki y posteriormente con su padre, Minoru Mochizuki, durante cinco años como «uchi-deshi» en su dojo, el Yoseikan. Fue en 1973 y a raíz de un accidente, que volví de nuevo a Francia. En 1981, descubrí por primera vez la existencia del estilo del Maestro Otake, de tendencia claramente más filosófica. Reanudé la práctica integrando este nuevo estilo, aunque en el fondo hubiera poca diferencia. A pesar de la dificultad que esto representaba, pude hacer una interesante comparación entre lo que enseñaba el maestro Sugino Yoshio y Minoru Mochizuki, y lo que enseñaba el maestro Otake Risuke de la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu, cuyo dojo se encuentra en la ciudad de Narita. En 1983, el Maestro Otake me propuso entrar definitivamente en la escuela y realicé el «Keppan». Si abordo esta cuestión de los estilos en una misma escuela, es porque este problema se plantea en el Katori con dos estilos muy marcados. Considero que estas dos formas exteriores de práctica son en sí muy buenas y útiles mientras que los practicantes no expresen una mentalidad dogmática, exclusiva y separatista. Tenemos que acercarnos a una postura en que la lucha entre los diversos estilos, o incluso entre las disciplinas del Budo, vaya desapareciendo y nazca un espíritu de amor y unidad entre todos los practicantes del Bujutsu y del Budo, en el mundo entero. Es bajo este mismo espíritu conciliador, que quisiera resaltar algunas semejanzas de pensamiento entre el Aikido moderno y el Katori antiguo, siendo ambos portadores de una tradición espiritual y cuyos fundadores fueron maestros realizados.

Si la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu se ha mantenido durante seis siglos inalterable, y ha sabido preservar su arte y sus tradiciones ancestrales a pesar de los acontecimientos que se han producido en el Japón, como por ejemplo la entrada en una nueva era más occidentalizada donde prevalecen los intereses materiales y la competición deportiva, ha sido sobretodo gracias a la concepción que tuvo su fundador de lo que debía ser una escuela marcial de sable. Para el maestro Iizasa Choisai Ienao (1387 – 1488), una escuela así debía tener la capacidad de enseñar algo más que el arte de la guerra. Debía proporcionar a los alumnos un ideal de vida, un conocimiento de las artes, una disciplina del carácter y una expansión del alma. Aquel que era admitido como nuevo miembro en la escuela, habiendo demostrando previamente que era digno de ello, debía firmar con su propia sangre un juramento (Keppan), que lo vinculaba no sólo a la escuela marcial, sino también al poder espiritual personificado por el Kami del santuario Katori. Esto implicaba un compromiso respecto a los ideales del santuario y el respeto por los secretos del Ryu. Ha sido este estado de conciencia y su círculo interno quienes han permitido a la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu mantenerse intacta a lo largo de los siglos.

Realizar el «Keppan» es ante todo un acto de conciencia. Este compromiso implica, en primer lugar, mantener durante toda la vida la práctica del sable en el seno de la escuela, y hacer todo lo posible por disciplinar el cuerpo, controlar las pasiones y las emociones, elevando los pensamientos para tener un control absoluto de nuestros actos, por la razón evidente de que somos poseedores de un arte que puede ser mortal. Uno se compromete a no batirse nunca y a evitar, en cualquiera de sus formas, las confrontaciones agresivas, tan habituales hoy en día, incluso entre practicantes de una misma escuela.

La escuela Katori intenta mantener un estado de ánimo fraternal con todo el mundo, donde la crítica no tiene cabida, y donde la ayuda mutua y la cooperación sustituyen a la ley del más fuerte, evitando así la relación entre dominante y dominado. No deberíamos olvidar el gran sacrificio que hicieron los antiguos «Shihan», instructores de la escuela, con el fin de mejorar este arte para ofrecernos un medio para combatir a nuestro peor enemigo, el egoísmo y desarrollar las virtudes de un alma pura y desinteresada.

O-Sensei Morihei Ueshiba

La dimensión filosófica, religiosa o incluso esotérica, tan poco manifestada e incluso omitida en el conjunto del Budo, fue revitalizada de nuevo por el fundador del Aikido, el Maestro Ueshiba. A lo largo de mi estancia en el Japón, a menudo me preguntaba cómo podían existir tantas semejanzas entre el pensamiento del Maestro Lizasa y el Maestro Ueshiba, entre una escuela de Bujutsu con una antigüedad de seis siglos y un Budo contemporáneo.
En primer lugar es necesario reconocer que a la cabeza de estas dos escuelas se encentraban, no dos expertos, sino dos Maestros perfectamente realizados, enraizados en el shintoismo y abiertos al budismo esotérico. Aunque el maestro Lizasa estaba afiliado al santuario Shinto de Katori, incorporó en su práctica marcial la formación del carácter, el desarrollo psíquico y la realización del Satori. Por ello, y sin olvidar que sus alumnos no eran monjes sino bushis, también añadió técnicas esotéricas del Shugendo y del budismo Shingon. Una de estas técnicas más conocidas es el «Kuji-no-in». En el transcurso de este entrenamiento mental, el estudiante utiliza el pensamiento (mediante mandalas), la palabra (mediante los mantras) y la acción (mediante la práctica de mudras o gestos mágicos). Gracias al espíritu universal del gran maestro Kobo Daishi (Kukai), representante del budismo esotérico Shingon, el shintoismo pudo integrarse perfectamente, y el panteón Shinto fue identificado al del budismo, hasta tal punto que las prácticas de uno eran utilizadas por el otro.
Durante las grandes ceremonias de Kyudo pude ver a mi instructor, el maestro Tokuda Masahiko, trazar con la punta de su flecha el Kuji-no-in, a fin de purificar el dojo antes de un lanzamiento ceremonial. También podemos encontrar este ejercicio integrado en las prácticas del Katori. Tanto el Maestro Lizasa como el Maestro Ueshiba, comprendieron que estos dos sistemas religiosos entrañaban una única verdad, y que sus diferencias se basaban más en la forma que en el fondo.

Aunque el Shingon sea ante todo elitista y reservado a los monjes, concede una importancia no desdeñable a la acción social, la educación y la mejora de la vida de toda la nación. Y lo mismo sucede con el Shinto. Esta es la razón por la que el Maestro Ueshiba no apreciaba el espíritu Zen, tal como existía entonces, es decir, practicado como un simple medio de apaciguamiento que derivaba en el sosiego, la pasividad y una forma de egoísmo espiritual. Sin embargo, la búsqueda de la vacuidad en la acción durante la práctica de la esgrima, como predicaba el monje Takuan, fue reconocida como totalmente esencial para el Maestro Ueshiba, quien practicó el Shugendo, el budismo Shingon, el shintoismo esotérico de la secta Omotokyo, etc.

Lo que yo ignoraba por aquel entonces, es que el maestro Ueshiba, entre las numerosas escuelas marciales que había estudiado e integrado, se interesó especialmente por la escuela de sable del estilo Kashima Ryu, como lo demuestra la placa de madera donde se inscribe su nombre, atestiguando que realizó el «Keppan» en esta escuela hacia el año 1937, en compañía de su discípulo Zenzaburo Akazawa. Ambos santuarios, el de Katori y el de Kashima, se encuentran próximos uno del otro y están situados a ambos lados de la orilla del río Tone. Fueron centros, tanto religiosos como marciales, de gran importancia durante la historia del Japón y siguen siéndolo en nuestros días. De ahí las semejanzas que existen entre los principios de la escuela Katori y los del Aikido.

La escuela de sable Kashima Shinto Ryu fue fundada por Matsumoto Bizen No Kami Masabobu (1468 – 1524), quien a su vez fue alumno del fundador de la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu, el Maestro Lizasa Choisai Ienao. A partir de lo que había aprendido en la escuela Katori, fundó su propia escuela a la que llamó Hitotsu-no-tachi (el sable único). Matsumoto transmitió su arte a Tsukahara Bokuden Takamoto, que en su juventud fue formado por su padre, sacerdote del santuario Kashima y experto de la escuela Katori Ryu. Con Bokuden, la escuela Kashima adquirió fama y respeto. Bokuden, de carácter profundamente espiritual, conocía la historia del Maestro Lizasa, que fundó la escuela Katori a partir de una intuición (visión de un Kami) durante una ascesis de mil días. También admiraba a otro samurai de reputación, Aisu-iko, que tras una práctica similar, recibió una inspiración y creó su propia escuela: la Kage-Ryu. Para profundizar en los misterios de su propio espíritu, Bokuden decidió comprometerse en un musha-shugyo, una ascesis marcial y espiritual en solitario, de mil días (sen-nichi-gyo). Al igual que sus predecesores, tuvo una experiencia transcendental, que interpretó como una inspiración de la deidad del Kashima Jingu, Takemikazuchi-no-kami.

Por lo tanto no debe sorprendernos encontrar en el pensamiento del Maestro Ueshiba, principios similares a los de la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu, muy cercanos si no similares a los de la escuela Kashima. Fue también por medio de una ascesis, llevada hasta los límites de la naturaleza humana, que el Maestro Ueshiba creó a partir de la Daito-Ryu-Aiki-Jutsu, el arte real del Aikido.

Tanto la escuela Kashima como la Katori, tomaron forma en los campos de batalla, y sus fundadores tenían la reputación de ser invencibles. Su espiritualidad no era pues un pretexto para la indolencia, y su manera de combatir era de una rara virilidad. El Maestro Lizasa y el Maestro Ueshiba, hicieron hincapié en la necesidad de superarse por medio de una práctica intensa, el keiko, palabra que implica una disciplina del cuerpo, la mente y el espíritu. Bajo esta perspectiva, el keiko es considerado como un misogi, un acto sagrado de purificación física, emocional y sobre todo mental, con el fin de llegar al silencio interior. Esta es la razón por la que uno de los principios importantes, para el Aikido y para la esgrima de la escuela Katori, es mantenerse en el centro de todas las condiciones que la existencia nos impone, en perfecto estado de fudo-shin, un estado donde la mente es imperturbable, ecuánime y serena, tanto frente a la vida como frente a la muerte. El objetivo del keiko, y por consiguiente del misogi, es la purificación de los envoltorios y estados de consciencia que se relacionan con ellos.

En la escuela Katori se llega a este estado por medio de la maestría del sable, llamada también «Hito», «Hi» designa la chispa de vida. Ahora bien, «Hi» es el mismo carácter que la sílaba «Ka» de kami. Así pues, Hito (que también significa hombre), quiere decir «lleno de luz”. La práctica del sable tiene por finalidad permitir al hombre descubrir su Kami interior, y el Kami-Sama supremo. La meta del keiko es ayudarnos a controlar nuestros principios físicos, por eso también se practica en la naturaleza, para realizar un misogi de la tierra, del agua, del fuego y del aire. El conjunto de fuerzas que se oponen a la vacuidad. Estas fuerzas están simbolizadas en el Shugendo por el Tengu. Los Yamabushis poseen un rito de exorcismo llamado Tengu-tobigiri, que tiene por finalidad expulsar estas fuerzas del lugar donde se va a realizar la practica, tanto si se trata del dojo como de la naturaleza. Cuando estas fuerzas en acción, en forma de deseos, miedos, apegos, odio, celos, gula, pereza, etc., son controladas y la mente es silenciada, entonces se despierta un poder inimaginable de fuego divino situado, según la tradición, en las vértebras coccígeas. Una vez despertada, esta fabulosa fuerza regeneradora se eleva por el nervio (etérico) de la espina dorsal en forma ondulante, hasta el cerebro, de ahí su nombre en sánscrito: «Kundalini Shakti», el poder del fuego-serpiente.

Antes de este despertar, podemos estar hablando de alguien como de un experto, un monje o un budoka, pero sólo después de la subida de esta energía podemos hablar de un verdadero Maestro. El Maestro Ueshiba realizó esta experiencia el 14 de diciembre de 1940, cuando su cuerpo y su conciencia fue poseída enteramente por el dragón-rey, Ame-no-murakumo-kuki-samahara-Ryu-o. Por su parte, el Maestro Lizasa realizó esta experiencia cuando, a la edad de sesenta años y tras una ascesis de mil días, tuvo la visión de Futsu-nuchi-no-mikoto, recibiendo entonces el Heiho-Shinsho, un manual de estrategia marcial y espiritual, de ahí el nombre de «Tenshin Shoden» («de inspiración divina») que precede al nombre de la escuela Katori.

La grandeza del Aikido proviene sobretodo de la experiencia espiritual de su fundador, realizada a través de la práctica de aproximadamente treinta estilos diferentes, y muy especialmente del Daito-Ryu-aiki-jutsu. En el momento de su inspirada iluminación, durante la cual su conciencia se unió al universo entero, olvidó todas estas técnicas y dejó brotar de su corazón la quintaesencia de todas estas artes que se sintetizaron en él en una nueva forma viva. El Aikido acababa de nacer.

En lo que concierne a la escuela Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu, sucedió lo mismo aunque el acontecimiento tuvo lugar seis siglos antes, y la escuela supo mantener su estrategia marcial intacta integrando al mismo tiempo una nueva dimensión, la del Heiho: ganar sin batirse.

Como el Maestro Risuke Otake dice a menudo: «El arte del sable es el arte de la paz.», concepto que también enseñó el Maestro Ueshiba hasta sus últimos días. Y modestamente me gustaría añadir también que la escuela Katori es: «nori-no-budo», el arte marcial de la oración, ya que la profunda purificación durante el keiko genera en nosotros sabiduría y amor. A los que dudan de la presencia de estos principios tan filosóficos en el budo, deben saber, por ejemplo, que la palabra «dojo» tiene su origen en la palabra sánscrita: «boddhi-manda», que hace referencia a la esfera radiante y pura que rodeaba al Buda plenamente realizado. El dojo es un lugar sagrado donde se practica un misogi, con el fin de alcanzar este mismo estado de despertar y verdad interior. Si algún día este objetivo se convirtiera en el de todos los practicantes del budo japonés, entonces cesarían las críticas, los celos, los odios entre alumnos de disciplinas marciales diferentes, o incluso de estilos diferentes. Caminarían juntos por el mismo sendero, manteniendo a la vez su singularidad, e irradiarían tal amor que la sociedad podría ser transformada. Tal vez esto sólo sea una esperanza, pero debemos creer firmemente en ella para hacerla realidad algún día.

Michel Coquet
Traducción: Jordi Vila Vila


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    Esta muy bueno este articulo y sobre todo el contenido de la pagina espero la puedas mantener por muchos años a venir. La pondre en favorito para poder acceder mas facil.

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